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Siglo XVI: clave para la guerra en el mar (II)

En la anterior entrada analizamos brevemente cómo el paso a la Edad Moderna afectó a las percepciones sobre la guerra naval al igual que a la tecnología usada para desarrollarla, yendo a la par del desarrollo de medios navales del momento. Esa misma premisa que planteábamos sobre la necesidad de controlar los mares para controlar al resto de estados, dio lugar también al desarrollo de una serie de formas de guerra naval orientadas a llevar a cabo esa misión.

Si mirásemos atrás y observásemos la Edad Media, veríamos como hasta la Baja Edad Media no comienzan a darse unas estructuras potentes en términos navales. El desarrollo marítimo de los siglos XIV y XV dio pie no solo a grandes entidades y sistemas comerciales, sino también a la estructuración de sistemas de defensa para mantenerlos, como podríamos ejemplificar con la Hansa norte-europea, la cual estableció tanto las redes comerciales como los medios y sistemas para defender sus intereses. También permitió el desarrollo de una serie de marinas de guerra que sentaron las bases de las modernas, evolucionando el concepto y asentando el objetivo de protegerse ante el ataque de un enemigo, pero también proteger los intereses de tu estado.

En el siglo XVI, las distintas potencias europeas no podían hablar de tener a su disposición armadas en los términos que hoy en día conocemos. Herencia de las estructuras medievales, disponían de marinas de guerra que no salían (al menos en su totalidad), de las arcas reales, siendo financiadas por particulares o con impuestos sobre el comercio u otros medios. Desde esta perspectiva podemos hablar para el siglo XVI de la existencia de varios tipos de armadas y de formar marinas de guerra.

Representación holandesa de la "Armada Invencible"

Representación holandesa de la Armada Invencible

En primer lugar podemos hablar de aquellos armadores particulares que ponían al servicio de un rey o república sus naves y marinos a cambio de una parte del botín o de algún tipo de favor. Jean Ango sería un buen ejemplo de esto, ya que fue uno de los armadores más importantes de Francia en la primera mitad del XVI, siendo sus barcos aquellos sobre los que se lanzaron al mar los primeros saqueadores de las rutas americanas. Además de estos armadores vemos también la formación de armadas que sin tener una organización plenamente estatal, están más reguladas en cuanto a sus formas y servicios. En España, y en otros lugares de Europa y el Mediterráneo, era común encontrarse en el siglo XVI con armadas financiadas por averías, es decir, con impuestos sobre el comercio de una determinada zona para así poder establecer los mecanismos de defensa sobre la misma. De esa manera España pudo configurar una serie de armadas que protegieron las distintas zonas de importancia marítima, como la Armada de Guipúzcoa en el norte o las distintas armadas que se crearon para la salvaguarda de la Carrera de Indias, como fue el caso de la Armada guardacostas de Andalucía. Esto no plantea contradicción con el contrato de servicios particulares, como fue el caso de los navíos de Andrea Doria y sus servicios a la Corona hispánica en el Mediterráneo. Tampoco quiere decir que todas las armadas salieran de impuestos o armadores particulares, puesto que en el caso español se financiaron con el erario estatal las galeras que operaron en Levante.

Grabado que representa una galera española

Grabado que representa una galera española

El mando de estas armadas recayó sobre la nobleza y sobre aquellos personajes que siendo particulares confiaron sus servicios al rey de turno. Muchos de esos mandos estaban formados y especializados en la guerra naval como fue el caso de Don Álvaro de Bazán, mientras que para otros casos simplemente se nombraba a personas que no tenían por qué tener una tradición marinera. No sería hasta finales del XVI y ya en el XVII que se comenzasen a escribir ordenanzas más específicas sobre cómo construir navíos o que conocimientos debían tener la gente de mar, al igual que a lo largo de la historia veríamos líderes más marineros y otros que menos. Por supuesto que en este sentido no veríamos una reglamentación y profesionalización tan clara hasta el siglo XVIII y la formación de una oficialidad naval formada para tal efecto y con el objeto de mandar las distintas armadas mundiales.

Don Álvaro de Bazan (1526-1588)

Don Álvaro de Bazan (1526-1588)

Mientras que España mantuvo a sus hombres de mar ligados la Corona y a los cometidos que esta le mandaba, Francia e Inglaterra desarrollaron una nueva forma de desarrollar la guerra naval: el corso. Holanda no tardó en subirse al mismo carro, protagonizando su armada y sus corsarios importantes hechos, como el ataque a Cádiz de 1596. El siglo XVI ofrece una amplia lista de marinos que ven en sus singladuras la tarea de asaltar los bienes de la Carrera de Indias. Francia dio el primer paso, dejando patente sus reservas a ese reparto hispano-portugués del mundo, quedando constancia de esto en la pregunta de Francisco I sobre en qué parte del Testamento de Adán se establecía tal reparto y la privación de participar en el a Francia. Dando orden de hacerse con lo que le correspondía por la fuerza, vemos una primera mitad de siglo marcada por la salida de los primeros corsarios: Maigot, Le Clerc, Fleury, etc. Tampoco Inglaterra se queda atrás en el desarrollo de estos objetivos, colmando la segunda mitad del siglo con sus marinos y viendo como de las acciones de sus corsarios nacen las leyendas de sus Armadas, ejemplificando como no podría ser de otra manera con el mítico Francis Drake.

Francis Drake (1543-1596)

Francis Drake (1543-1596)

Estos hombres definen al siglo XVI en cuanto a la forma de percibir el mar y la guerra en el mismo. No podríamos hablar de un corso administrativamente establecido y desarrollado hasta mediados de siglo, puesto que las fuentes hacen constar que el primer marino en recibir una patente de corso moderna es François Le Clerc. Hasta entonces hablamos más bien de corso-piratería, desarrollándose con el permiso y la iniciativa de los distintos reyes de las potencias europeas modernas. Igualmente esta corso-piratería se verá también a lo largo del siglo, puesto que no fue ningún hecho concreto los ataques entre países aun en tiempos de paz. España, como enemigo a batir en ese momento, fue quien tuvo que afrontar las embestidas de los marinos franco-británico, viendo como decíamos que tanto en tiempo de guerra como durante la paz, una serie de particulares atacaban las posesiones y los convoyes hispánicos para volver sin reprimendas bajo la cobertura de un rey u otro. Esto se une al hecho de que la buena fortuna derivada del corso garantizó un cargo oficial y el desarrollo de empresas estatales en tiempos de guerras, como es el caso arriba mencionado de Drake, que logró el cargo de Almirante de las armadas de Isabel I de Inglaterra, encabezando a la flota inglesa en ocasiones cruciales, como con el episodio de la Contra armada.

Batalla de Cádiz

Toma de Cádiz por corsarios ingleses y holandeses en 1596

En resumen y cerrando el análisis, el siglo XVI da pie al desarrollo no solo de la tecnología naval, sino también de una nueva percepción del mundo y de cómo luchar por dominarlo. El mar, protagonista indiscutible de este objetivo, verá como durante esos primeros 100 años de la Edad Moderna tiene lugar una transformación en las formas de guerrear, constituyendo la corso-piratería la principal línea de ataque. Esta coexistirá con la formación de armadas que, sin ser enteramente “estatales”, permitirán la actuación de un determinado estado en los momentos clave de la Historia naval del XVI.

Del mismo modo observaríamos una diferenciación entre la vertiente mediterránea y la atlántica en la que la configuración de las marinas de guerra y sobre todo la promoción de sus mandos seguirían patrones distintos, frutos de la sociopolítica de cada estado. Por ejemplo, España se servía de la aristocracia para mandar sus armadas, las cuales responderían a órdenes y misiones oficiales, fruto de los intereses del Reino. Como contrapunto vemos a Inglaterra, que en cumplimiento de su objetivo de tomar partido en el nuevo panorama económico-político hizo uso de una marina cuyo grueso de corsarios dio pie a una mayor “libertad” de actuaciones, uniendo ese grueso en momentos de necesidad y sacando de él los líderes que guiaron a las grandes armadas inglesas en los momentos clave. Todo esto sentará las bases de unas armadas cada vez más organizadas durante el siglo XVII, que culminarán con el pleno asentamiento de las reales armadas del XVIII, que darán pie a la plena organización de las marinas de guerras en términos más contemporáneos, es decir, más aproximados a lo que ha llegado hasta nuestros días.

Con este análisis terminamos la brevísima contextualización sobre la guerra naval en el XVI, a sabiendas de que muchas cosas han podido quedar en el tintero o han requerido de mayor atención. Recordamos con esta anotación que esos temas tendrán la atención merecida y se ahondarán más en los mismos en entradas posteriores, pero teniendo siempre presente de la necesidad de estas contextualizaciones y análisis históricos para poder comprender muchos aspectos de lo que aquí nos va a competer: la guerra naval en la Edad moderna.

Bibliografía:
LUCENA SALMORAL, M. Piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros. Madrid: Síntesis, 2005

MACKENNEY, R. La Europa del siglo XVI: expansión y conflicto. Madrid: Akal, 1996

MIRA CABALLOS, E. Las Armadas Imperiales: la guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II. Madrid:

La Esfera de los libros, 2005

PARKER, G. La Revolución militar. Innovación militar y apogeo en Occidente: 1500-1800. Madrid: Alianza editorial, 2002

Imágenes: (las imágenes usadas en esta entrada tienen licencia libre de reutilización)

Representación holandesa de la Armada Invencible, Galera española, Don Álvaro de Bazán, Francis Drake, Toma de Cádiz 1596

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